viernes, 8 de noviembre de 2013

Vivan las notas

Hoy, una chica sonriente, la más jovial que conozco ha llorado. No, no se ha muerto nadie, nadie está enfermo. ¿La causa? Una nota. Una mala nota le ha arrancado aquella dulce sonrisa y la ha fragmentado en lágrimas. Y no es la primera amiga que llora por una mala nota, ni siquiera me he librado yo. Y el llanto no es lo único. El estrés, agobios, agotamiento, falta de sueño y de tiempo.
                Lo que me lleva a pensar: el colegio, el instituto, la universidad… ¿No era algo bueno? ¿Algo que nos liberaba, que nos alejaba del oscurantismo, que nos hacía crecer como personas y nos acercaba a la felicidad? ¿Qué ha sido de eso? Muy fácil: el disfrutar aprendiendo se ha acabado, se ha esfumado cuando unos números se han puesto en cabeza. Unos simples dígitos que tan sólo clasifican el tiempo que has perdido estudiando algo que no te gusta. Bonita palabra: ESTUDIAR. En ella contiene ES TU DÍA. ¿Mi día? Por favor, es el día de los deberes. Todos los días pertenecen a los deberes. Llegar a casa tras una jornada de prácticamente 9 horas y ponerte otras 3 a seguir con lo que te ha mutilado el cerebro poco antes. Eso es ser esclavo. Someterte a una condenada cifra que en realidad no significa nada. ¿Qué vas a hacer? ¿Llegar a una fiesta y decir: “a los 13 años tuve un 20 en Francés”? A la gente le va a dar igual. Enhorabuena, te dejaste los codos para algo que no te ha servido, sirve ni servirá para nada.
                Bueno, en realidad si te sirve. Te sirve para decidir tu futuro. Que esa es otra. Basar todo tu futuro en unos números inútiles. Las universidades no te van a elegir si te gusta algo. Les da igual que estés dispuesto a dejarlo todo, a dedicar tu vida entera a algo que te apasiona. Son capaces de realizar tu sueño y prefieren al que se ha aprendido todo de memoria y que no se sabe nada más. Es absurdo. Si de verdad te gusta algo, una cifra no puede decidir si sirves para algo o no. Nadie excepto tú mismo puede decirlo. Los límites los pones tú. Además, ¿No sería mejor consagrar mayor tiempo a las cosas que te gustan para adquirir más experiencia? ¿Para qué perder tiempo si lo puedes invertir?

                Lo que quiero decir con todo esto, aunque me haya ido del tema, es que un número no puede arrebatarte salud. Un número no puede alejarte de la felicidad. Un número no puede quitarte la sonrisa. Sonríe. Sonríe porque puedes. Sonríe por ti y por los que les cuesta. Haz que se pregunten por qué sigues sonriendo. Y, aunque te devuelvan un suspenso, sonríe. Porque ¿Qué prefieres que ponga en tu lápida? ¿“Fue un gran estudiante” o “Viniera lo que viniera, siempre lo recibía con una sonrisa”?

No hay comentarios:

Publicar un comentario